Purgandus fabularum: Ripper street

Adivina quién es el detective (si es que hay alguno)

Lo admito abiertamente: veo series de la BBC y me encantan.

No es ningún locurón novedoso si digo que desde hace unos años a esta parte lo más in es limitarse a consumir de forma bulímica capítulo tras capítulo de seriales Estadounidenses, y luego vanagloriarse de ello en la primera oportunidad que se te presenta. Ha surgido así un tráfico de información y un sistema de clases – una élite que, de forma gafapastil comparte su sabiduría sobre qué serie es lo más de lo más (normalmente en Inglés, sin traducción disponible, no-me-seas-hortera-por-favor) con un pequeño círculo de adeptos; y una masa de pobres ignorantes que siguen viendo las infraproducciones Españolas o se contentan con disfrutar de segunda mano las extranjeras, en Castellano.

Abro ese debate y dejo ahí el hachazo. Yo a lo que iba es que las grandes damnificadas han sido las pedazo de obras maestras que han ido surgiendo en la pérfida Albión, el país del fish and chips y los turistas borrachos. De hecho, EEUU. (esa máquina de reciclar lo ajeno) se ha apresurado a americanizar series Británicas a saco, con resultados irregulares.

La que descubrí hace muy poco es Ripper street (pronúnciese rippa sstrit para quedar como un señorón), y me está pareciendo de lo mejor que he visto de la época Victoriana; ya sabéis, la que los Ingleses no dejan de restregarnos por la cara cuando dicen que fueron el mayor imperio de la historia y bla bla bla. Lo cierto es que sí que partieron la pana, y en muy gran parte el (triste) mundo que hoy vivimos es gracias a ellos. Gracias, compulsivos bebedores de cerveza.

Whitechapel, 1889. El detective jefe de la comisaría, que estuvo al frente de la investigación para atrapar al estoy-hasta-en-la-sopa Jack the ripper, se afana por convertir el degradado barrio Londinense en un lugar menos plagado de crimen e injusticia. Tiene tarea, el pobre. Para ello, se sirve de novedosos métodos de investigación (no, lo de partir la cara en los interrogatorios no cuenta), una mente aguda, un ayudante veterano de la guerra (el genial Jerome Flynn, Bron en Juego de tronos) y un tarambana médico-científico-de-todo-un-poco Estadounidense.

La serie está hora mismo en marcha; el último capítulo de la temporada, el ocho, se emitirá la semana que viene. Como con cualquier otro serial, ha tenido sus altibajos (los dos primeros capítulos son impresionantes), pero he de decir que no me he aburrido viendo ninguno… que es mucho más de lo que diría de otras muchas obras televisivas. Y es que la serie rebosa calidad por los cuatro costados; la ambientación, para empezar, es increíble… casi se puede sentir, como un derechazo en las costillas, el denso ambiente del East End Londinense con su hollín, su hediondo olor callejero, los gritos de los vendedores ambulantes. Para continuar, las historias que se cuentan y el cómo se cuentan son clásicos inmediatos, muy ligados a la época – llena de innovaciones tecnológicas (atención al guiño en el primer capítulo), éxodo masivo a las ciudades y lo que ello acarrea (la miseria y la pobreza se muestran sin tapujos en la “capital del imperio”), revoluciones y movimientos sociales en ebullición (capítulo con su espía ruso y sus anarquistas incluido), desigualdades sexuales y sociales… y sus personajes, como en un buen folletín del contexto en el que se desarrolla, repletos de secretos y miserias. Está, sin duda, a la altura de las mejores producciones yankis.

Así son las baterías de los móviles en el steampunk

Si todo esto fuera poco, y aunque dudo que los creadores lo planearan, tiene un toque actual, moderno, que me recuerda poderosamente al steampunk, ese género difícil de encuadrar. Si tuviera que explicárselo a un neófito, supongo que lo más fácil sería decir “léete La Liga de los Hombres Extraordinarios, y ya”. ¿Estamos vaguetes? Vale, pues siendo breve podría decirse que el steampunk (nombre surgido, por cierto, como mofa al cyberpunk, según parece) es una ucronía en la que la tecnología de la máquina de vapor se extiende a todos los ámbitos de la vida, apareciendo maquinaria y adelantos que no aparecerían hasta décadas después – artefactos voladores, computadoras, y por supuesto, armas como robots, pistolacas, etc. Suele ir de la mano de toques fantásticos o sobrenaturales por si no teníais suficiente, majos. 

Rompiéndome la cabeza para ofrecer un listado de obras de todo tipo que versen sobre el género, me doy cuenta que no es tan popular como yo creía, o que desde luego no es mainstream para nada, ya que así a bote pronto os puedo recomendar…

– Cómics. Pues claro, La Liga de los Hombres Extraordinarios, del inclasificable y pedante Alan Moore (huid de la versión cinematográfica). Yo no conozco más. Qué osada es la ignorancia.

– Cine. Las últimas de Sherlock Holmes (de Guy Ritchie) tienen un innegable toque steampunk con un aderezo contemporáneo en cuanto a diálogos y escenas de acción. La primera era chachi, la segunda no tanto. Luego está Steamboy, de dibus animados (es de Katsuhiro Otomo, eh) que no está mal, y… ¡una peli Francesa! Hablo de Vidocq, que visualmente me parece la hostia, pero cojea en guión.

– Sí, videojuegos. Arcanum. No lo he jugado ni un poquito, pero he leído sobre él y he visto pantallazos. Tengo la banda sonora y mola. Que lo sepáis.

Banda de rock Steampunk… ¿necesito decir algo más?

– Música. He encontrado una Banda de Rock Steampunk: Abney park. No me preguntéis que es el rock Steampunk, porque ni los he escuchado. Los conozco de un juego de rol (ver más abajo) basado en su discografía (¿?).

– Literatura. Aquí viene mi chasco mayúsculo. Tuve la suerte de leer Las puertas de Anubis, de Tim Powers (esto se merece otra entrada) hace años, y para muchos aquí está el meollo de la cuestión, el origen del género… luego leí La estación de la calle Perdido y para mí supuso la madurez del steampunk; y para de contar. Sí, leo por ahí que hay mucho más que investigar, pero no veo que sea una corriente viva en cuanto a escritura se refiere.

– Juegos de rol. El descanso del guerrero, amigos. Todos los géneros vienen a morir y a sobrevivir en los cálidos brazos del rol. Aquí tenemos Space 1889 (ni lo he leído, pero tiene una pinta estupenda), Castle Falkenstein (que me parece brutal: Incas con energía de fusión, fortalezas Austrohúngaras móviles, zeppelines), Victoriana (tiende más al lado fantástico que al técnico), Etherscope (con su ciberespacio Victoriano y todo), Abney Park’s Airship Pirates (de nuevo ni pajolera idea, pero es de lo último que ha salido), Iron kingdoms (antes de que se fuera de madre por Warmachine, era steampunk medieval) y Unhallowed metropolis (mezcla de trucha y mono, con no muertos a saco e interesantes ideas sobre la evolución de la sociedad Victoriana).