Purgandus libri: Dune

Escribir la entrada sobre “La estación de la calle Perdido” me hizo pensar que aunque el sobado apéndice N es una fuente brutal de inspiración y algunos de los libros que constan en él deberían ser de obligada lectura en los institutos (y si me apuras, en los colegios), ya va siendo horita de añadir otras obras que a los abueletes del rol o se les pasaron o no les molaban. Es por esto que, siguiendo la tradición, voy a crear yo mi propio apéndice de creaciones literarias, cinemáticas, musicales y de similar pelo para gozo y disfrute de los sibaritas de lo rolero, lo fantástico y, por qué no, lo bizarro. Y ya que la “N” está pillada, paso a la siguiente, que en nuestro celtíbero alfabeto es la “Ñ”. Queda inaugurado el Apéndice Ñ. Señores de la RAE: el sillón de la Ñ está vacío, me ofrezco para ocuparlo. El de la ñ, mejor ni hablamos del tema.

¿A que parece un tipo majete? Pues no, es Ansón y lo que pienso de él rima con su apellido

Voy a empezar fuertecico: Dune es, posiblemente, la mejor obra de ciencia-ficción que hay por ahí rulando. Y es curioso, porque realmente no encaja en los clichés del género; la tecnología ocupa un segundo lugar (muy acertadamente explicado con la Jihad Butleriana), dándole todo el protagonismo a las características de los grupos humanos (tribus, naciones, planetas, imperios…) de este lejano futuro y a las relaciones de las personas que los conforman. Yo, de hecho, la etiquetaría de fantasía-ficción o de “low sci-fi”. Pedantería que no falte.

Mira que os dijimos que ibais a tener problemillas con la filoxera…

Podría resumir la novela, pero para eso está wikipedia. Lo que me interesa es destacar qué hace que este libro destaque, que sea un referente absoluto.

– La búsqueda del héroe. Frank Herbert (sí, el autor) recoge y amplifica los mitos inmortales de la humanidad y los actualiza en su protagonista, Paul Atreides. Un héroe involuntario que sigue los esquemas clásicos pero con un giro moderno: su protegido y privilegiado inicio, su caída en desgracia, su lento camino (esta vez, tan interior como exterior) de regreso, su apoteosis final. Toda la novela resuena con leyendas, desde el mismo nombre de la casa nobiliaria del actor principal (Atreides, proveniente de Atridas, los descendientes de Atreo, rey de Micenas), la lucha contra las máquinas (ya tan codificada en películas como Terminator o Matrix), el pueblo elegido (los Fremen, el único grupo humano realmente libre, pero a la vez relegado al ostracismo)…

– La humanidad era esto. La visión de Herbert sobre el futuro de la especia humana es sobrecogedoramente posible; deja claro que lo que se mantiene constante a lo largo de nuestra historia es la tetralogía violencia – jerarquía – religión – beneficio. Las casas nobles feudales, las eternas guerras, las iglesias de toda índole, la corporación que monopoliza la especia. Reflejo de lo que ha habido, hay y probablemente habrá de aquí a mil años.

Lucas también fue un visionario

– El enfoque místico. La especia humana tiene un destino: el camino dorado. Las organizaciones y hermandades (las Bene Gesserit, los mentats, la iglesia de la biblia católica naranja) moldean la realidad y la mente. La especia alarga la vida y permite plegar el tiempo y el espacio. Los Fremen son los beduinos de Arrakis, la gente libre. Un aura de misticismo permea toda la novela y le confiere un tono único y muy coherente con el contexto en el que se desenvuelve.

– Pastiche digestivo. En el buen sentido del término, éste es un escrito repleto de miles de referencias y mezclas: de culturas y religiones (catolicismo, zen, islam…), de  géneros diversos (épica, fantasía, ciencia-ficción), de terminología y vocablos (Zensunni, Muad’dib, Corrino, Missionaria protectiva)… muy acorde con un futuro muy lejano y resultante de una diáspora por las estrellas.

 Herbert explotó el filón de mala manera. Al grandísimo Dune le siguieron muchos otros (dos escritos por uno de sus hijos, oiga: esto es como heredar la ferretería de tus viejos), pero se los podía haber ahorrado. No añaden nada al original, salvo enrevesadas historietas amorosas, explicaciones superfluas y clones de Duncan Idaho (que es, posiblemente, el nombre más jodidamente molón que existe). Está claro que ésta es una obra que fagocitó por completo a su autor (que, por lo menos, se pudo ganar la vida escribiendo) y que le encasilló.

Fruto de la fama de su retoño es la a partes iguales denostada y egregia película de David Lynch, unas miniseries que me temo sean horribles y un puñado de videojuegos curiosones. En esto también fue precursor, el hombre: hoy en día es lo más normal del mundo que la novela de moda acabe con peli de Tom Cruise y videojuego de la Xbox.

No podía faltar en esta entrada. Lo siento.

No se vayan todavía, aún hay más. Que no solo Buffy tiene juego de rol; Dune también. Last Unicorn Games lo publicó allá por el 2000 y parece que a ellos sí que les afectó el supuesto fin del mundo – retrasos, rumores sobre su cancelación, y al final una limitada tirada que lo ha convertido en un ejemplar de coleccionista. Yo, afortunado de mí, me lo encontré por ahí perdido en formato pdf y he podido tenerlo ignorado durante años en mi disco duro. De vez en cuando le echo un vistazo para no sentirme mal.

Y ya de verdad para acabar, encontré trasteando una auténtica joya, producto del ínclito Metatrón: un juego libre no oficial basado en el universo mencionado. Que me aspen si su calidad no supera la del juego oficial, por Samedi.

Veredicto: Herbert detalla una humanidad a la vez próxima, conocida y extraña, lejana. Sin necesidad de extraterrestres, ni de tecnología maravillosa, ni de palabroteo técnico. El nivel de detalle del universo que creó hace que realmente, a veces, parezca que estás leyendo un libro de historia. Y si logras imaginarte a Feyd-Rautha sin el careto de Sting, eres mi héroe.

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